Yo también quería salvar al mundo
Cuando escucho a la gente de mi edad queriendo salvar al mundo, me siento algo abochornada por esos sueños de locura que creo innecesarios en una persona adulta, aunque oficialmente yo no me considere adulta. Es demasiado raro ver a alguien grande queriendo ser un super héroe disfrazado con un mandil blanco o un polo de green peace… sin terminar ironizando al respecto.
El mundo no tiene salvación, la suerte está echada, las cartas marcadas, las fichas movidas, el mundo tarde o temprano terminará, no tiene salvación, si no es por alguna plaga, una bomba atómica, química o biológica, será el calentamiento global y el dengue juntos, alguna otra gripe con un alegre nombre de un animal inocente. Algo, algo tarde o temprano acabará con la raza humana… dejando a las cucarachas como dueñas de un lugar que siempre fue suyo.
Pero es algo de culpa lo que me hace sentir así, porque recuerdo, es extraño que recuerde algo tan lejano… Recuerdo que cuando tenía como 3 años también quería salvar al mundo, hacer un mundo mejor, con menos sufrimiento y más plantas verdes, con dulces y chocolates, y con tres posibles profesiones: científica investigadora en todas las ciencias existentes, bióloga naturista con especialización en botánica y ecología; o, ama de casa, para cuidar a mis 14 hijitos y hacer engordar a mi esposo con una infinidad de manjares heredados de la abuela.
Pasaron muchos años, mi camino está desviado… lo único verde que veo son algunas plantas en el camino hacia el laboratorio, y los dulces y chocolates los evito para evitar enfermedades que podría tener si llego a los 70, en el caso extraño de que el mundo no se termine antes.
Cuando escuché a alguien de mi edad queriendo salvar al mundo y tratando de conseguir un PDH en bio-informática para colaborar con la cura del cáncer, se me volteo el mundo tratando de averiguar cuándo, cómo y principalmente por qué renuncie a mis sueños de héroe legendario, cuándo me perdí en el camino del bien, de super héroe, cuándo fue que dejé de soñar en ser Seija o Gokú y me limité a verlos en innumerables e interminables capítulos en la televisión. Cuándo fue que me convertí en un hongo o parásito de la sociedad, cuando fue que mis aspiraciones se encasillaron en comer, dormir, comer dormir, inevitablemente bañarme de vez en cuando y seguir durmiendo.
Definitivamente mis poderes mutantes de perder el tiempo no van a colaborar con la humanidad, y el desenchufar mi computadora por las noches no es tan alentador para pensar que el “cambio lo empiezo yo”. Debatí a mi ángel y mi demonio y llegué a la conclusión de que podría cambiar el mundo escribiendo bellos relatos para salvar los espíritus de la humanidad, así como hace Osho o Deepak Chopra, ayudar a los perdidos a encontrar sus almas, a encontrar sus caminos, a encontrase a si mismos, a dar consejos de cómo vivir, como ser feliz, como alcanzar la ansiada sonrisa al despertar, como alejarse del insomnio por tener la conciencia ruidosa. Pero uno no puede predicar sobre aquello que no cree, ya vendí mi alma a varios diablos y no sería la solución.
Desgraciadamente no encontré respuestas, no encontré soluciones, pero sigo desenchufando mi computador al dormir, al menos mi cuarto no es tan caliente como el mundo. Lo único que encontré fue que la indiferencia del mundo me empujó a los brazos de la televisión y fue allí cuando perdí el sendero, era más cómodo ver a Batman luchar contra los delincuentes de Ciudad Gótica que tratar de aprender a curar las heridas de mis hermanos menores. Era mucho más rico ver a Carlos Arguiñano cocinar unas Puré de Espárragos o Cordero a las Finas Hierbas que tratar de aprender a hervir el agua, definitivamente es más sencillo pensar que el mundo no tiene salvación que tratar de mejorarlo.
Cuando escucho la palabra mediocridad, hago como Homero y veo al lado de la definición en el diccionario mi fotografía, ser mediocre es muy fácil, no requiere esfuerzo, sacrificio, nadie espera de ti más de lo que puedes brindar, nadie se queja o quejará mientras el mundo está limitado con requerimientos mínimos.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero no se puede vivir de esperanzas, no hay que perderse en las esperanzas. Dios, si existe, no va salvarnos de ahogarnos “personalmente”, siempre enviará a alguien que lo haga por él, en eso consiste el outsourcing divino.