Un hombre feliz no puede ser escritor

“Un hombre feliz no puede ser escritor. Está demasiado ocupado siendo feliz”.

Leí esto en una entrevista que le hizo Santiago Roncagliolo a Paul Theroux. El 2o es un completo desconocido al menos para mi, pero parecer ser es muy famoso por sus viajes a través del mundo, los cuales hizo por el simple gusto de viajar, es un viajero no un turista. En la entrevista que leí también dice que su nombre es mentado en los premios Nobel, lo cual no sé que signifique… pero por si a alguien le interesa aquí está la entrevista.

Lo particular es que no es la primera vez que oigo que un escritor no tiene porque ser feliz, generalmente un estado de miseria absoluta hace que saque lo mejor de sí, literariamente hablando, o literalmente hablando que puede que no sea lo mismo, y tampoco es igual, si es que esa palabra existe. Imagino que es un estado de éxtasis al que se llega luego de innumerables episodios de frustración, alcoholismo e intentos de suicidio causados por la falta de inspiración. El mundo se tiene abajo y piensas que el camino que tomaste en la vida está completamente equivocado, que definitivamente no sirves para ello, y haberlo decidido te tomó tanto tiempo que simplemente no hay marcha atrás, tampoco adelante, con tanto stress es imposible no sentirse desgraciado, lo cual puede ser un antónimo de feliz.

Las historias autodestructivas de tantos escritores es apasionante y tentadora, la falta de felicidad que no siempre se traduce en tristeza es un camino tortuoso a seguir, pero será que los escritores son una población masoquista y a pesar de todas las amenazas siguen ese camino, un camino a seguir luego de ver la misma página en blanco innumerables veces, o el camino que los impulsa a llenarla. Siento una cita en mi cerebro, desgracidamente no la recuerdo… era algo como que uno escribe aquello que no puede vivir, todavía tengo que terminar de leer “El Pez en el Agua” de Mario Vargas Llosa, sé que esa cita estaba en ese libro, tengo que conseguir primero el libro, luego leerlo, es el procedimiento tradicional.

Pienso en Vallejo que murió en París en aguacero, un viernes que seguramente era trece, a medio mes casi nadie tiene dinero, pienso en Vallejo y me dan ganas de seguir escribiendo y seguir enamorada de ese muchacho que no me hace caso, de extrañar a mi familia, de recordar las historias viejas, será que mi cerebro matemático puede engañarme con la fantasía de que mi falta de felicidad implica que puedo ser buena escritora, es un misterio que no quiero resolver, pero hay que explotarlo lo mejor que se pueda, y mientras antes mejor.

Aunque entre seguir escribiendo y ser feliz la elección es clara, quiero ser feliz… pero no se si pueda serlo sin escribir, es otro caso de disyunción cognitiva, ampliamente tratada anteriormente en mis divagaciones, lamento haber leído ese artículo, pero tantas veces me he dicho que no he de lamentar nada del pasado que entro en otra disyunción cognitiva y el ciclo vicioso se vuelve más vicioso.

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