sin titulo (2)

La última vez que acarició con ternura a uno de sus hijos fue cuando esparcía las cenizas de Rubén en el muelle de la Desventura, siempre lo oía decir que cuando mueriese quería que sus cenizas se esparcieran allí al atardecer, a las 6:30 de la tarde, en el preciso instante que el día dejaba de ser día y la oscuridad de apoderaba de su espíritu, quería partir con sus fantasmas… repetía incesantemente esto cuando su madre le decía que cualqueir día lo iban a matar. Ella solía decirle que lo haría enterrar con su ganga en el patio trasero, pero cuando su hijo murió, también murió lo que quedaba de la ganga; y ella ya no tenia fuerzas como para cumplir su promesa.

Ambos sabían que el partiría en cualquier momento, sin previo aviso, sin despedidas, solo esperaban el momento, ambos estaban preparados, tenian un acuerdo tácito de que cuando llegara el momento no sufrirían por el otro. En ese momento ambos descansarían. Pues, cada vez que sonaba el teléfono, ella pedía a Dios que no fuera la policía o Carlitos, su mejor amigo, para avisarle que su hijo había sido acribillado en la esquina cuando esperaba algo. Cada vez que sonaban muy cercanos los disparos, miraba aterrorizada al teléfono, y a la puerta. Luego prendía el televisor para atontarse con la novela.

Habían días en que Rubén y Carlitos volvían a casa empapados en sangre ajena, con lágrimas en los ojos. La única pregunta que ella hacía era si la sangre era de ellos o ajena. Luego se pasaba horas con la lavadora y productos de limpieza hasta dejar la ropa “como nueva”.

continuará…

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