Pura nostalgia
Algunas noches cuando no puedo dormir extraño la ventana de la habitación que tenía en una de las tantas casas donde he vivido, era un ventanal hacia el cual arrastraba mi cama algunas veces para poder contar las estrellas y dormir con rapidez, meditaba y divagaba tratando de saber que hacer con mi vida. Todavía extraño mi colchón recién comprado, mis sábanas frías y el cielo estrellado hipnotizándome y haciéndome olvidar todo, pero las cosas han cambiado.
Estoy en un eterno conflicto entre lo que quiero y debo hacer, tratando de saber que haré mañana, que sigue, acomodándome en un nuevo colchón que se hunde en cada movimiento. La culpa me gana, trato de borrar muchos “hubiera” después de todo la filosofía del “hubiera no existe” no es tan sencilla de practicar, se necesita ejercicio y mala memoria, más mala memoria que ejercicio. No tengo vista al cielo así que tengo que salir al techo a ver en que negocios andan las estrellas, creo que estoy confundiendo los dolores de cabeza de la gripe que debí adquirir hace días con la migraña que me diagnosticaron, mi confusión se pone más clara cuando las pastillas no hacen el efecto que requiero o porque me duele el otro lado de la cabeza.
Solía tener un trabajo en el cual era medio infeliz, pero en cierto momento reconocí la infelicidad laboral completa… me di cuenta que era afortunada, pero dicen que hay que deshacerse de ciertos demonios y hacer caso a un sexto sentido que no me consta poseo, el cual me dice que nunca debo volver a ese lugar, por lo menos no para trabajar. Allí dejé muchos amigos, recuerdos, bonitos momentos, navidades y cumpleaños, una segunda familia a la cual quería casi tanto como a la mía, también dejé muchas lágrimas y gané muchas canas, fueron buenos años que ahora hacen bulto en mi curriculum.
Hay dos libros en el librero que me recuerdan el vacio en medio de dos bancas de la sala de cuidados intensivos del hospital, esos forros rojo y gris azulado me recuerdan como respiraba el mismo aire que mi papá en ese tétrico lugar, el olor de azulejos limpiados con lejia y algún aroma de lavanda demasiado industrializado me hace dar pesadillas cada vez que los huelo juntos. Hace tiempo juré no volver a pisar un hospital en lo que me quede de vida, solo inclumplí una vez, es gracioso saber que no soy la única que le tiene tirria a los hospitales, varios comparten el mismo juramento y casi todos lo han inclumplido.
Los medicamentos me están destruyendo la existencia y si no lo escribo formalmente es para no ser demandada por plagio por Jaime Bayly o Alfredo Bryce Echenique, también me destruyen la moral y últimamente le tengo pánico a entrar al baño. Me estresa saber que me quedan tan solo 24 pastillas y que no tengo ánimos para ir a buscar en cada farmacia de la ciudad un “refill”, me asusta saber que me produce ansiedad el saber que no tendré pronto más pastillas y se me eriza la piel el pensar que ya se acaban o las consecuencias que producirá en mi organismo el dejar de tomarlas.