Fátima, es decir, yo he conseguido lo imposible, lo inaudito, lo supremo, lo inconseguible, conseguí una entrevista con el pishtaco, todos los demás, muéranse de envidia. Luego de varias pequeñas conversaciones por messenger, porque aunque no lo crea el pishtaco está al día con la tecnología, logré convencerlo de una entrevista personal.
En las siguientes líneas podrán leer la vida, pasiones, rutinas, hábitos, defectos, virtudes, experiencias sobrenaturales, amores y desamores del Gecko, fueron cuatro días en su hábitat natural. Para completar la aventura, decidí encaminarme sobre “la ruta de la banda del pishtaco”, fueron una semana y media de emocionantes y peligrosas vivencias.
Tomé un bus, lamentablemente los escritores somos pobres, directamente a la ciudad blanca, donde Roberto, el Gecko, el pishtaco, fue a recibirme personalmente en el terminal terrestre, luego tuvo que ir al terrapuerto porque allí arribó el bus en el que había llegado. Me hospedé en la morada de un personaje de quién no puedo mencionar su identidad puesto que su vida corre peligro, si este fuera revelado posiblemente tendría un amigo menos y varios enemigos más.
Durante estos días en Arequipa hice lo que mejor se hacer: deprimirme, comer y escuchar, particularmente escuchar.
Empecemos, el Gecko está rodeado de una mística cuidadosamente creada por todo su entorno, tiene tendencias peruano-hippies, defiende el derecho a la confidencia, tiene su propia teoría sobre la infidelidad y varios otros temas igualmente controversiales, es de buen diente pues elige cuidadosamente todo lo que comerá, huye de mujeres desesperadas que lo van persiguiendo por donde él decida será su siguiente destino, tiene amigos y detractores, esperemos sean buenos enemigos pues uno sólo es tan grande como sus enemigos lo son.
Gecko, encantador como siempre, fue convencido para contarme su propia versión sobre “la ruta del pishtaco”, parece ser que la profesión del herpetólogo no es muy bien vista en las comunidades, no es muy sano que un investigador vaya a buscar ranas a los cementerios a media noche, pero el oficio es el oficio y la gente de pueblo pequeño tiene demasiado tiempo para imaginarse todas las cosas que puedan, incluyendo el ataque de un pishtaco, cuyo único pecado es ser herpetólogo y tener el cabello alborotado, pues justo ese viaje olvidó su champú para los rizos definidos.
Los días en Arequipa, con el pishtaco, fueron reconfortantes, conocí muchas personas, pude dar a conocer mi nombre como escritora y saboreé la receta secreta de parrilladas de Gecko, día en el que conocí a sus amigos cercanos, un momento inolvidable de diversión y camaradería. Además descubrí que el secreto de las 2 horas diarias de sueño del Gecko no se debe a un insomnio incurable, todo es parte de su autocontrol mental y de vida.
Los días pasaron rápido, fueron días en los que pude seguir a ojo se lombriz todos los movimientos de mi entrevistado, siguiéndolo a su lugar de trabajo, donde sus amigos, conocidos, viéndolo trabajar, realizar trabajos, luchando con su computador, reconociendo serpientes y víboras. Todo este tiempo no dudó un segundo en comportarse tal cual es, natural y entretenido. Con su manía de escuchar a los Chabelos, resolver cualquier SUDOKU que llegara a sus manos, preocuparse si me alimentaba y enviarme a dormir temprano. Confirmé con gran razón que el único defecto del Pishtaco es la falta de humildad.
Dejé a Gecko en Arequipa un día antes del aniversario de la blanca ciudad. Al abordar el bus tomé la determinación de seguir la ruta del pishtaco, bajé pronto del bus, todavía allí, para conseguir chocolates y chocotejas para la familia y luego proseguí con la idea anteriormente nombrada. La primera tarea era conseguir infiltrarme en una expedición, segunda tarea conseguir financiamiento; la tercera tarea botas, sleeping, alimento, carpa, valor, ropa limpia, permiso.
Casualidad, suerte, destino, llámelo como usted quiera. Mi mejor amiga encabezaba una pronta expedición por la ruta del pishtaco, considerando además, que Gecko había sido parte de la expedición anterior en busca de la rana perdida fue demasiado fácil. Tomamos un bus hacia Quincemil, después de las diez de la noche, cada veinte minutos buscábamos por las ventanas algo que solamente Amanda y el Chama parecían conocer. La espera del lugar de descenso, Sirigua, fue casi eterna, llegamos a las 2 de la mañana un lugar que al principio me produjo pánico por la cantidad de vegetación, sonidos de la naturaleza en toda su magnitud y de la negra noche, el calor extraño del lugar muy ajeno a la congeladora que acostumbro habitar.
Bajamos en Sirigua, un poblado con 10 casas, imagino que también 10 familias, no debíamos hacer ruido, no es decente despertar a la gente a media noche, pusimos una carpa a dos centímetros de la carretera, rezamos para no ser arrollados por alguna cisterna y dormimos hasta que empezaron a cantar los gallos, seguimos durmiendo, luego dormimos y finalmente dormimos. Al tomar valor suficiente para despertar, la jefa de la expedición nos presentó con la dueña de la casa, en cuyo patio nos quedaríamos los siguientes tres días, dispusimos el campamento en el patio trasero, desayunamos y volvimos a dormir.
Al experimentar el viaje por la ruta del pishtaco, pude hablar con las personas que lo vieron, recordaban a Roberto con una apariencia tan maligna que todos lo creían el pishtaco, pero tarde llegué pues ya había pasado de moda, el monstruo corta cabezas era “el boom” del momento, parecía que ya había atrapado a 34 personas y solo faltaban 6 para llegar a su objetivo de 40 víctimas en ese mes, que casualidad nosotros éramos 6. Aunque esta vez los interesantes paseos por trochas y cementerios a media noche ya no les pareció un asunto muy escabroso, pues hasta lo escabroso tiende a convertirse en familiar cuando es muy repetitivo. Finalmente los lugareños rieron recordando al pishtaco con añoranza.
Pregunté a la líder del grupo, cual era la poza en la cual solía bañarse el pishtaco, las fotografías prometían un lugar mítico, fuimos al lugar, la incursión fue bastante fácil. Decidimos tomar un merecido baño, luego de casi 48 horas de no ver agua o jabón, el lugar era precioso, el agua completamente helada, el tipo de lugar en el cual uno suele reunirse con sus sentimientos más profundos y enfrentar miedos. Sentí algo caminar en mi brazo, era un gusano, presta a mostrárselo a Amanda, algo haló de mis pies, nunca tomé un curso de natación y mi destino estaba escrito… ¿Tendría que morir en la poza del Gecko? ¿Había llegado mi hora?. Amanda me salvó la vida nuevamente, un lugareño al oír mi historia me dijo que había sido jalada por las sirenas, que no les gustaba las mujeres, decidí aceptar esta teoría como válida en lugar de la teoría de haber sido arrastrada por la caída de agua, lo sobrenatural vende más.
Dicen que el oficio para las personas con talento está en las venas, pero tengo dos testimonios que afirman que el Gecko cubre lagartijas con gigantezcas piedras para luego con un cuento de “engaña muchachos” hacer creer a todo mundo que realmente él las encuentra. Completamente falso, decidí voltear piedras en el camino, valiéndome de una fuerza más allá de mis propios medios y claro, las lagartijas están allí abajo, protegiéndose del calor y refrescando la panza en la humedad. El comprobar el talento ajeno me costó dolor de codos y cintura durante un par de días, pero toda entrevista tiene un costo.
Los largos paseos de noche en busca de ojos rojos fueron maravillosos, las ranas no tienen hábitos alcohólicos, pero sus ojos brillan al ser expuestos a la luz. Un par de hermosas noches de luna llena fracasamos en la búsqueda, pero no fracasamos en la aventura, casi encontramos una rana-lobo. La primera rana que logré atrapar estaba sentada en una hoja sobre una especie de pantano que nunca pude ver de día, la experiencia fue maravillosa y traumática, la cogí con la mano y empezó a saltar desquiciada por su libertad, quizá la emoción del momento fue mayor al miedo y la sostuve hasta que Jennifer vino en mi ayuda. Las ranas son realmente criaturas tan fantásticas, que, posiblemente varias querríamos que nuestro novio se convierta en rana para poder besarlo y ver si se convierte en príncipe o talvez se quede mejor como rana.
Principiante yo buscaba en el suelo, junto a los riachuelos, pero hay ranas voladoras señoras y señores, niñas y niños, las ranas tienen diferentes oficios, algunas bucean, otras se dedican a escalar paredes, e incluso árboles, logré ver dos ranas en la copa de los árboles, otras que se divierten saltando de rama en rama, talvez tengan conflictos de personalidad y deseen ser monos. También hay ranas del re-contra espionaje anfibio ocultas entre la hojarasca, de incógnito en lugares secos, en húmedos, en mojados, junto al río, sobre las piedras, bajo las piedras, dentro del lodo, basta con tener mucha intuición y sentido práctico, tal simple como pensar… si yo fuera rana, ¿Dónde estaría? Y voilâ, allí está la rana en la carpa muy calentita durmiendo y no hurgando con la linterna cada piedra, hoja y riachuelo el lugar.
El penúltimo día, para concluir con la ruta del pishtaco, tomamos un camión en busca de la rana de las nieves o alguna lagartija que aprecie los deportes extremos de aventura a 0 grados centígrados. El camión nos dejó en el camino cerca de una escuela, sobre los 4000 m.s.n.m., donde todos los niños huyeron al vernos, no encontramos ranas tampoco lagartijas, quizá no era temporada de snowboarding. Caminamos mucho tratando de regresar Marcapata, por los mismos lugares por donde había pasado El Gecko y Aarón, sabíamos que estuvieron allí porque todas las piedras estaban volteadas, cuando la paciencia había menguado encontramos tres ranas, para salvar el orgullo del día, pero teníamos que continuar con el retorno.
Ese día fuimos rescatados prácticamente por Dios casi en persona, era tarde y nos quedaban casi 4 horas de caminata, las lágrimas intentaban huir por el destino que nos esperaba, pero vino el carro parroquial y nos recogió, nos permitieron subir sobre unos sacos de carne de res que llevaban para el mes y llegamos pronto y sin lágrimas.
Me despedí de la ruta del pishtaco, regresando en un cisterna, un viaje largo, incómodo, pesado, abriéndome un lugar para poder sentarme, reprimiendo el instinto asesino, pasando por las alturas más despiadadas del camino, sintiendo cada piedra en los riñones y el aire congelado pasear por mis pulmones, ese mismo aire congelado que debilitó el ya lastimado hombro del Gecko, pero todo ello valió la pena, pues pude contarlo aquí y ahora.
Agradecimientos :
Agradezco al Gecko por la entrevista, los sabios consejos y por enseñarme a cruzar pistas.
Agradezco a Amanda por la beca “herpetóloga por un día” y por rescatarme otra vez.
Agradezco a todas las personas nombradas y no nombradas en el presente relato, de no ser por ellas no podría contar esta experiencia, aunque increíble es 99.9% verdadera.