La carta que nunca llegó
Va a buscar el correo. Hay un sobre encima de los casilleros. Él es el destinatario. Toma el sobre y ve que no escribieron el número del departamento, quizá por eso dejaron el sobre encima de los casilleros de correo. Mira el remitente, la remitente, es de ella. Toma todos los sobres juntos, sube a su apartamento.
Abre y revisa todas las cartas, son cuentas y publicidad de bancos, deja esa carta para el final. Algo de esa carta le molesta, lo inquieta de una manera desagradable. Qué podrá ser, pone la carta junto al televisor, sigue en el sobre cerrado, pasan varios días, cada día lo toma, se fija la fea letra con que fue rotulada, algunos días la pone hacia abajo para no leerla, algunos días la pone en el cajón del escritorio, la lleva de un lado a otro, pero no la abre.
Un día recibe un e-mail con asunto: “Recibiste mi carta?” y sin contenido. ¿Sería tiempo de abrirla?.
Abre el sobre, tiene un papel cuadriculado dentro, lo desdobla como quien desarma una bomba, una sola línea escrita en azul al medio, gira el papel, solo tiene esa linea.
Un millón de besos.
Luego de alucinar todo eso, tomo aire y le pregunto si le llegó mi carta, y me dice: ¿Cuál carta?
Así termina la triste historia de la carta que nunca llegó. Pero decía: Un millón de besos.