Hablé con él (parte 2)

Hablé con él, fue el martes o el miércoles, no recuerdo bien, de la semana anterior. Fue por teléfono. No recuerdo o no sé si fue Martes o Miércoles porque eran las tres de la mañana y yo aún no tengo clara la diferencia de cuándo termina el martes o cuándo comienza el miércoles. Timbró el teléfono, vi su nombre en la pantalla del celular, contesté y me preguntó si podíamos hablar, por alguna razón estaba despierta y él sabía que estaba despierta, por un segundo pensé que no le importaba despertarme a las tres de la mañana, pero sí le importaba: la desconsiderada siempre fui yo. Estaba despierta y sabía que no iba a dormir si le decía que no podía hablar, le dije que sí. Medio segundo después sonó el timbre de la casa.
Me puse un abrigo y una bufanda, me puse medias gruesas y salí.
Nuevamente, sólo habló él.
Recuerdas, dijo, cuando nos conocimos, mejor dicho cuando hablamos por vez primera, nos conocíamos por dos años, pero nunca antes hablamos. Me senté junto a ti en el bus, estabas leyendo uno de esos libros raros que escoges por el número de hojas o el tamaño de letra. Me senté a tu lado, te dije hola, te hacía preguntas y solo respondías con monosílabos, dejaste de leer y deslizabas los dedos por las hojas, a lo largo, pensaba que te querías cortar las yemas de los dedos con el papel. Te pregunté qué libro era con la esperanza de oir más que un monosílabo, me dijiste Abril Rojo, te pregunté el autor dijiste: Santiago Roncagliolo, siete sílabas, ya era un logro. Te pregunté porque habías elegido ese libro y me dijiste por que te había llamado la atención la palabra rojo y que tenías “La hora azul” de Alonso Cueto en reserva y sonreiste. Te dije que me gustaba tu sonrisa y te pusiste seria, continuaste con los monosílabos y no volviste a sonreir.
Un día te encontré caminando, tenías el cabello suelto. Estabamos hablando de cosas que no recuerdo, te pregunté porqué tenías el cabello suelto y me dijiste que lo tenias mojado y querías secarlo con el viento, era Agosto. Te dije que te veías linda con el cabello suelto. Dijiste brúscamente que ya se había secado, lo ordenaste y te amarraste. Al día siguiente te vi y te habías cortado el cabello. No pregunté porqué y con el tiempo aprendí a no hacer comentarios. Siento que te gusta contrariarme o no te gustan los halagos, pero hay cosas que simplemente no comprendo.
Muchas veces cuando caminábamos no pude decirte que me encantaba caminar contigo, porque pensaba que dejarías de hacerlo. Siempre quise preguntarte porque hacías eso.
No lo sé, respondí.
Pero dañaste las cosas, dijo con amargura.
A mi también me gusta caminar contigo y me dejé crecer otra vez el cabello, dije tratando de reparar las cosas.
Vamos de regreso, dijo.
Volvimos a mi casa. Hablamos poco al regresar. Tomó un taxi y se fue. Quizás si en esa época me hubiera dicho que le gustaban mis manos, me las hubiera cortado. Tal vez tenga que ir con mi analista y preguntarle por qué tengo la mente tan retorcida.

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