En la parada de bus…

Hace frío y el bus llegará tarde otra vez. Sé que el bus va llegar tarde otra vez, porque todos los días llega a la misma hora, y todos los días llega tarde. En realidad siempre llega a tiempo, pero los 29 minutos de espera hasta su llegada me hacen creer que llegará tarde otra vez. Sé cual es el motivo: esos 29 minutos de espera juegan demasiado con mi mente, y en ciertas ocasiones no me gusta pensar, me quiero dejar apagado mi cerebro. El libro, las revistas y los planes coherentes no son suficientes para distraer mi mente en algo “productivo”.

Es bastante dificil escribir sin una mesa, últimamente he estado tomando apuntes en el primer pedazo de papel que encuentro. Algunas veces me gana la pereza y no puedo recopiar o simplemente apilar los pedazos de papel, los cuales terminan inevitablemente en la basura. La parada del bus se ha convertido en un lugar inevitable de inspiración, no se si es el lugar sin gente del todo, los árboles al fondo, las hojas amarillas, la lentitud con que las cosas se mueven. Lo malo es que generalmente en la parada del bus no tenía papel a la mano, o lapicero; la voluntad me vence otra vez y termino con una ansiedad loca de escribir todo lo que pasa por mi mente. Incluso en mi locura llegué a querer un puerto USB para enviar directamente mis pensamientos a la impresora.

Han pasado ya 5 días, encontré un buen libro para distraerme, cada día leo 50 páginas entre los dos buses que tomo y la espere para que ellos lleguen a la parada, pero creo que fue una mala elección de libro, pues cada que termino de leer un párrafo empiezo a divagar y a hacer planes imposibles. Trato de encontrar alguna coherencia entre las memorias del escritor con las memorias que no tengo, pero que quisiera tener. Trato de planificar siempre sin llegar a ningún lugar el como puedo plasmar a papel mis memorias infantiles, mis memorias de la escuela, como describir cláramente a cada uno de mis amigos, como hacer que cada personaje en mi novela personal (mi vida) influya de alguna manera anecdótica en mi vida. Hasta que en algún momento llego a mi presente, y empiezo a pensar si debería escribir este momento sentada en la parada del bus con un libro de Mario Vargas Llosa (El pez en el agua) sobre el regazo. De como este libro me atormentó en los últimos días, metiendo y sacando ideas de mi cabeza. Cada dos minutos recuerdo la incoherencia de mi sueño con Mario Vargas Llosa, trato de encontrarle un sentido positivo, y río cuando recuerdo que las monedas que me regaló en sueños simplemente las brujas lo interpretaron como una exclamación del frío de mi cuerpo.

Ahora sentada en una banca del aeropuerto, reviso mi archivo de escritos incompletos, encontré este, estoy tratando de darle coherencia y recordar todos los detalles que había planificado escribir en la parada del bus, pero no es fácil. Todavía me distraigo contando las líneas cada vez que termino un párrafo, vuelvo a recordar que me faltan escribir 23 mil palabras, que son 2300 líneas, que son 115 páginas para terminar de escribir mi novela… río cuando recuerdo mis reconsideraciones de dejarla como cuento largo, pero no debo dejarme vencer por la pereza. Queda la promesa de algún dia volver a meter mano a la novela y agregar las 23 mil palabras que me faltan.

Esa parada de autobus, en algun lugar de la ciudad de Kirkland en Washington (no DC), fue muy significativa para mi, fue un lugar donde tomé demasiadas decisiones importantes para mi vida, no para la que vivo, pero si para la que quisiera vivir, fueron momentos llenos de satisfacción personal, momentos confusos y contradictorios, momentos en los cuales no pensé que estaba perdiendo el tiempo o estaba haciendo algo en contra de mi destino. Esa parada de autobus me enseñó a llevar siempre un cuaderno con suficientes hojas y un lápiz, no para escribir todo lo que pensaba, simplemente para no dejar escapar mis ideas si es que en algún momento llegan. Es en ese lugar donde me convencí de seguir mis sueños a cualquier costo, en el cual incluso decidí cambiar el rumbo a mi blog… menos escritos propios y más divagaciones en adelante. Más divagaciones de esas que me asaltan en esos momentos incontables de vagancia, en esos momentos que debería ponerme a escribir en lugar de matar mi cerebro con la televisión o el internet.

Son promesas de político que intentaré cumplir…

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