del papel (2)
A los 16, justo a tiempo, descubrí mi vocación. Más precisamente hablando, descubrí y me propuse lo que quería ser y hacer en la vida.
Fue un día sábado, un inusual sábado en el cual papá y mamá estaban de viaje y me dejaron encargado pagar un recibo de teléfono, no podía pagar tarde porque podían perder su título nobiliario de “pagadores puntuales”. Me tuve que desprender temprano de los brazos de Morfeo e ir al banco. En el banco tomé un número y esperé casi media hora hasta mi turno. Me atendió una joven muy amable y sonreía cada vez que me miraba, fue allí cuando lo descubrí. Quería una carrera pacífica y sin muchas emociones, que no me exigiera pensar demasiado, que no requiera iniciativa, una carrera con un voluminoso manual de procedimientos, donde al final de cada procedimiento sugieren llamar al manager del área en caso de algún “incidente”.
Al terminar de pagar fui a casa y me puse a averiguar que se estudia para ser cajero de un banco, al parecer se puede estudiar cualquier cosa. Estudié economía y finanzas, pues por estos lares no hay carreras universitarias específicas para ciencias bancarias. Terminé pronto la universidad pues tenía apuro por empezar a trabajar, luego envié solicitudes a dos bancos, aquellos que ofrecieran mejores beneficios para los empleados y/o estuvieran cerca del paradero del bus. Me ofrecieron trabajo en los dos, al parecer mis notas me dieron algo de mérito. Me dio alegría e histeria a la vez haber recibido dos proposiciones, siempre le tuve miedo a elegir, así que elegí aquel cuyo nombre vaya primero alfabéticamente, y acepté el trabajo del banco cuyo nombre empezaba con A.
Firme un contrato por seis meses, un contrato de prueba. Me dijeron que dependiendo de mi desempeño en algún momento podría firmar un contrato permanente con la institución. Durante esos seis meses estuvieron probando mis habilidades para sorprenderme, me dieron algunos bonos y mi foto apareció cuatro veces en la pared, mi foto allí lucía enmarcada con letras azules que decían “empleada del mes”.
Mi fascinación por evitarme trabajos innecesarios me encarceló en una sencilla rutina y tres juegos del mismo traje para trabajar. Le tomé apatía a las salidas con mis amigos o a las compras, pero todavía veo a un par de ellos, el primer y tercer viernes de cada mes, como para no confundirme o romper la rutina mensual.
Cada mañana enmascaro mi apatía con maquillaje que es actualizado por mi mamá cuando va acabándose, ahora voy en taxi para no arrugar el traje en el bus. Llego al trabajo, aperturo la caja y empiezo a atender a los clientes. El procedimiento es sencillo: Contacto visual, sonrío, saludo ¡Buenos días! ¿Puedo ayudarlo?, ser eficaz podría ocasionar errores, confíe en sus instintos, pero evite usarlos, sea eficiente, olvídese de la cola, usted solo tiene un cliente: el que está atendiendo, cuente el dinero dos veces si hace falta, no olvide dar el comprobante, sonría, contacto visual nuevamente, sonría, preguntar si el cliente necesita algo más, sonría ¡Hasta pronto! y ¡que tenga un buen día!. A medio día hago el cierre temporal de caja, tomo el tiempo prudencial para comer algo liviano, 45 minutos es el tiempo prudencial, mientras mastico el número de veces necesario ese algo liviano, ese algo liviano que no me fuerce a hacer ejercicios o dietas para conservar la figura, sin engordar o adelgazar. Cualquiera de los dos casos podría ocasionar tener que confeccionar un nuevo traje, lo cual implica inversión monetaria y tiempo, romper mis rutinas, interminables tiempos haciéndome tomar medidas, es mejor que siga con las mismas así la costurera y yo nos ahorraremos muchos problemas y tiempo, principalmente tiempo.
Cada fin de mes hago el cuadre de gastos para actualizar mi presupuesto, que tampoco ha variado mucho. Hace un año saqué un préstamo con todos los beneficios que un empleado bancario podría tener para comprar un departamento cerca del centro, así papá y mamá tuvieran mayores oportunidades de distraerse y divertirse, ellos fueron los encargados de buscarlo y elegirlo, lo único que les pedí fue que no se pasaran de cierto monto, así podría pagar un monto mensual por el resto de mi vida.
Todo iba bien, era casi perfecto, incluso conseguí incluir en mi emocionante rutina ver una hora de noticieron, normalmente los ignoraba, pero tengo que verlos para alimentar el morbo de los cazadores de asesinatos, robos y suicidios.
Todo iba bien, tan bien. Pero algo falló, algo hice mal, en algo me equivoqué, algo dentro de mis “no planes” falló. Hoy habló conmigo el gerente de esta filial, me informó que por mi desempeño en los últimos meses me había hecho acreedora a un ascenso, mencionó un cargo con nombre largo, bonito e importante que no entendí o no quise entender, seguramente un cargo sin mayor emoción y con nombre complicado pensé. Hasta que al notar mi silencio y posible apatía muy bien plasmada en mi rostro empezó a describir las tareas del puesto. Sonaba como un cargo sencillo, hasta que dijo: interacción con otros empleados, posibilidades de crecimiento en la organización y “responsabilidad”.
Él asumió que había aceptado el puesto, me dijo que el primer día del siguiente mes empezaba a trabajar, que ya estaban acondicionando mi oficina. Le pedí un tiempo para meditarlo. La perplejidad me invadió… no sabía qué hacer.
No pensé que mi carrera como cajera bancaría terminaría tan pronto. Fue un gancho directo al hígado, pensé que había llegado al final del camino, la fecha de mi jubilación había sido dictada. El pánico me invadió, la apatía combatía al pánico, ser o no ser dijo Hamlet… odié a Shakespeare en ese momento. ¿Qué hacer?… he ahí el dilema en cuestión.
Fue un día histórico, ese día luego de algunas horas paseándome por los recovecos de mi tranquilidad, decidí volver a prender mi cerebro, perdí la tranquilidad por la que había luchado, este sobresalto en mi vida sin sobresaltos fue inoportuno. Pensar, que flojera. Me da cierta tentación pedirle al gerente que me deje en mi puesto eternamente, les evitaré el dolor y el trabajo de cambiar la foto del empleado del mes, ya pasaron dos años desde que la pusieron allí. Aunque lo adecuado es tomar una decisión inteligente, con el respectivo significado denotativo y connotativo de la palabra.
Finalmente luego de tanto sobresalto, decidí cambiarme y banco y volver a empezar, aunque sigo corriendo el peligro de ser ascendida nuevamente, y volver a empezar en otro banco sería la solución, una y otra y otra vez, y los colores de las rayas del terno del otro banco no me gustan, mejor me evito los sobresaltos, y las explicaciones incómodas de porque no me esfuerzo para crecer profesionalmente, aceptaré el ascenso y reestructuraré mi rutina, ni modo.