Camine hacia adelante

El miedo corrompe el alma, la destruye, destroza y liquida. Extrañamente hace tiempo le perdí el miedo a la muerte, tratando de creer que cuando me pase ya no me daré cuenta.

Sigo contando los días desde que llegué aquí, debería agradecer a mi hermano por haberme comprado el pasaje un 14 de febrero, una fecha inolvidable… en la cual prometí a mis amigos conseguir un novio en el aeropuerto durante la escala en Lima, pero no conseguí un novio, aunque estuve todo el día con mi mejor amiga comiendo rico y despidiéndonos sin decirnos adiós.

Son exactamente, tres meses y once días… según mi calendario, los días exactos no los puedo determinar porque mi locura de contar cada día no ha llegado a tanto, solo recuerdo el número de meses pagados de alquiler y según el día del mes lo descuento del 15 … que fue el día en el que en realidad llegué aquí.

Un 15 de febrero pisé Puerto Rico, vi el cielo gris son una sonrisa más de compromiso que de placer, el miedo me invadió… prendí el teléfono para reportar mi llegada y continué con mi camino. Caminé automáticamente tras la gente para recoger mi equipaje, una vez éste estuvo en mis manos salí del aeropuerto y una lágrima escapó de mis ojos, lo primero que pensé fue: “yo no quiero estar aquí, no ahora, no nunca, no quiero, no debo…”, pero ante ese tormento inicial, un par de minutos después de pisar el lugar, cuando el calor del mundo real, fuera del aire acondicionado de los lugares públicos, cuando el calor me golpeó decidí que éste no era mi lugar en el mundo. Pero luego pensé que ningún otro era mi lugar en el mundo… quizás porque la primera impresión fue tan extraña, pesimista y hasta negligente fue que me pude adaptar, y llegar hasta donde estoy ahora.

Extrañamente hago caso a la única advertencia que me hicieron: no caminar sola de noche. Pero camino mucho de día, me gustan las calles, el calor permanente en el aire, los árboles, las hojas caídas y sus colores cuando están muriendo, las lagartijas que se escapan en las paredes y aquellas que miran fijas retándote a ver quien se mueve antes, la gente que te sonríe, los graffitis… todo es muy caluroso, pero quisiera saber si todo es así también de noche. Me gusta la noche, pero tengo que mirarla de mi ventana, ver el cielo, las estrellas y perseguir la luna llena.

Como siempre evito escuchar noticias para no dañarme el cerebro. Hace pocos días abrí mi mochila cerca de una señora y ésta salió corriendo a la calle del frente, quiero pensar que no creía que la iba a asaltar o alguna cosa similar… seguramente ella si escucha las noticias. Hace tiempo conocí a un muchacho que había salido de la cárcel, me contó que antes Puerto Rico era “la isla del encanto”, pero ahora es “la isla del espanto”, él también debe pasar mucho tiempo leyendo los periódicos. Yo prefiero vivir en mis fantasías.

La primera vez que oyes un par de disparos lejanos suena a un mero e insignificante recuerdo, pasas dos días después por una calle para conocer más el lugar, te encuentras desviando un poco el camino para evitar mancharte los pies con sangre… asumiendo que irremediablemente los disparos no fueron tan lejanos o que no deberías caminar por ese lugar.

Es un recuerdo insignificante si de pronto hay dos helicópteros sobre tu cabeza buscando en el parque frente a tu casa un gato perdido, el pobre gato de algún alto funcionario público, un pobre y triste gato que escapó y que busca refugio, pero los helicópteros siguen allí. Te mientes con historias sobre gatos perdidos, así es más divertido. Porque si te pones a pensar que están persiguiendo a algún delincuente que se oculta entre los arbustos, lo último que quieres imaginar es que lo encuentren, no importa si esta allí, pues si lo encuentran le irá mal, todavía creo que todos merecen una segunda oportunidad, pero si este gato está siendo buscado por helicópteros tal vez ya tuvo su segunda oportunidad. Quién sabe.

Cada noche oigo disparos, cada día aumentan en cantidad, cantidad no implica frecuencia. Un tiroteo, la hora varía, la cantidad de muertos, también, tal vez. Al principio era uno o dos tiros, ahora son metrallas completas, incontables, la cantidad de películas vistas me hacen llegar a la conclusión de que son armas automáticas, pero ya no importa. Porque las armas automáticas, los revólveres o las metralletas, todas cumplen un mismo objetivo.

Antes sentía pena por algún pobre hombre o niño muerto en una extraña batalla, hasta que me di cuenta que muerto ya no te enteras de nada, la tristeza y el miedo se los dejas a los demás, tú te vas libre… sin saber nada, sin ataduras, sin deudas que pagar. Fue un descuido en el que te fuiste, tal vez dolió un poco pero luego te fuiste y punto final.

Escucho gente haciendo dramas pensando que podría morir en cualquier momento mientras maneja su carro o mientras camina al supermercado, pero uno se acostumbra. Eso si, evite salir tarde que aquí, en la China o en el Tibet podría no ver una cáscara de plátano y descalabrarse.

Camine sin miedo hasta donde quien tire la cáscara se lo permita.

Leave a Reply