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La Perse

Tuesday, March 9th, 2010

Voy caminando por la calle hacia el banco, hace algo de calor, pero el sol está oculto. Estoy en la esquina, espero a que cambie el color del semáforo, los conductores a esta hora suelen estar demasiado apurados y pisan el acelerador sin conciencia de la señal de 25 MPH, de pronto viene un carro muy lento pegado a la acerca, se acerca sospechosamente, me paralizo de miedo, podrían ser de ese grupo que secuestra gente, dicen que avanzan lentamente hacia ti, te preguntan si conoces alguna calle de nombre ridículamente imposible y mientras tratas de hacer memoria, o ignorarlos simulando que no existen: te halan, meten dentro del carro y tu familia termina haciendo un entierro sin tu cadáver, pero el carro solo quería girar a la derecha, y lo conduce una anciana, que bien podría subirse a la calzada, retrocedo un paso y recupero el aire.

Cambió el semáforo, espero hasta que los carros estén detenidos antes de cruzar la pista, pero no puedo quitarme la imagen de la mente de la publicidad donde un coche arremete contra una mujer mientras cruza la pista, 15 millas podrían ser la diferencia, así dice la publicidad, siento mi cuerpo golpeado volando por el aire, golpeándome violentamente contra la pista, seguramente la luz cambiará y los carros que vienen en sentido perpendicular terminarán destrozando mi cuerpo y si sobrevivo, espero al menos tener la cartera a la mano, no quiero llegar a un hospital sin la tarjeta del seguro médico, ni vendiendo mis órganos al mercado negro podría pagar esas cuentas, sin el celular y las personas a las que deberían llamar en caso de emergencias y de pronto empiezo a imaginar a quién llamarían, tan turbio pensamiento termina siempre cuando termino de cruzar los 6 carriles de la autopista.

Sigo caminando y mis ojos se detienen en esa iglesia, la que vi en las noticias, donde arrestaron a ese hombre que secuestró un bebé, y si otro loco, esta vez armado regresa por aquí, será mejor caminar rápido, evitar el peligro. De pronto hay un terreno valdío, con el clima y todo, está lleno de yerba, hiede algo , será una lagartija muerta, una rata, algún ave o alguien tiró un cadaver para desaparecerlo entre la maleza, debería dejar esta ruta, no se ve muy segura últimamente, sigo caminando y está el portón de ese caseón abandonado, todo enrejado, imagino que nadie entra y nadie sale, imagino alguien encerrado cogiendo los barrotes con desesperación tratando de huir de algo que debe estar dentro esperándolo para acabarlo.

Me pregunto si ese tipo parado en la esquina espera a un dealer, o es uno, con el asunto este del tráfico y la guerra de los narcotraficantes, en cualquier momento podría aparecer un sicario en una motocicleta o uno más elegante en un BMW, sacar un arma automática y descargar todas las balas que compró anoche en la otra esquina, de ese carro que vi de la ventana, que ha estado estacionado allí por muchas noches, con las luces a medias. Si eso pasa, me detengo, me tiro al piso, corro, huyo por mi vida, qué hacer, situaciones difíciles, o tal vez es un delincuente esperando para robarme, dijeron que hace poco mataron a alguien por robarle 50 dólares, pero no creo que sepan que estoy llevando mi cheque al banco, en todo caso, mejor caminar ligero y fingir demencia.

Nadie me vio entrar al banco, estoy a salvo, nadie me reconocerá cuando salga, cambio de ruta para regresar a casa, tomo el camino largo, mucho más tranquilo, pacífico, la diferencia es una cuadra, son mundos completamente distintos, en esta hay un hombre barriendo las hojas secas, las levanta una a una para que el barrio se vea más pequeño burgués que de costumbre, en el otro tengo que caminar con cuidado esquivando ratas muertas o charcos de agua estancada, pero es el camino corto.

Llego a casa, la casa también tiene dos lados, el que tiene cara al parque, donde puedo ver los pajaritos de colores volando y haciendo nidos en los balcones, la gente paseando sus perros y otros haciendo ejercicios; el otro, en el cual es preferible no estar, porque nunca sabes que puedes ver allí o que puede entrar por allí, incluso los pájaros de ese lado del mundo son negros y toscos, de ese lado no vienen ladridos de perros falderos, sino metrallas a cualquier hora del día, tal vez vivo en la calle que divide al mundo de los burgueses y al infierno, infierno de varios edificios de 20 pisos donde sucesos completamente inesperados pueden ocurrir, a veces cuando duermo y escucho disparos simplemente me tapo los oidos y los maldigo porque no me dejan dormir, pero los pequeño burgueses tampoco me dejan dormir, con sus malditas podadoras a las 8 de la mañana, taladran mis oidos, pero la armonía perfecta es cuando un helicóptero de la policía decide hacer una inspección matutina al infierno durante un día de podar todo el parque, levantar las hojas y quitar la mala yerba, cosas como esta me hacen querer vivir en una isla desierta, para no caminar con la perse, para no vivir con la duda, pensando cuál de los dos infiernos es peor, porque todavía no sé si es peor un montón de perros falderos ladrando o la vista al infierno.