Archive for January, 2010

El Gecko y el Corazón de la Picuro Mama

Sunday, January 24th, 2010

Gecko y su picura
Gracias a Maria Luisa (picuro mama) por hacer este dibujo alucinante, un poco más y le ponia el corsé al Gecko, bien detallada la ilustración.

María Luisa llegó de Lima, con el firme deseo de comprobar las teorías de Fray José Pío Aza sobre el sistema social de los Koribeni. Estaba aburrida de toda la teoría, los libros y las historias de otros, quería algo de acción, quería ver las cosas con sus propios ojos, y desde que un profesor en la universidad le dijo que Fray José Pío Aza solamente había contribuido con un diccionario que ya nadie usaba, decidió limpiar el nombre de ese hombre que había trabajado tanto durante los 20s. Además, qué tanto pudieron haber cambiado los Koribeni desde entonces. La selva todavía era un lugar temido por muchos, más por la tecnología y la ambiciosa mano de la industrialización.

Llegó un lunes, el primero que la vio fue Víctor, estaba sentado ayudando a mondar yucas a su mamá. Gritó exitado. -Mira, mira mamá, viene un picuro, allá viene un picuro, parece un picuro, pero está muy grande, será la picuro mamá. - Todos se le acercaron, había estudiado bastante gramática y diccionarios de matsiguenga, pero no lograba hacerse entender. Pedía con bastante determinación quedarse en la aldea por un par de meses, que ayudaría en las labores a cambio de nada. Repitió tantas veces lo mismo, hasta que alguien aburrido de sus intentos le contestó en un español bastante comprensible.

Ella pensó que tal vez la mano del hombre blanco, como solía llamar de broma a los no-nativos, ya había llegado a la aldea de los Koribeni. Luego de explicar lo que quería, y todos al ver que era inofensiva le permitieron quedarse. La mamá de Víctor le dio una hamaca para que pueda dormir y le dijo que tenga cuidado con los insectos, las culebras, las ranas venenosas , las mariposas, que se bañe seguido, y muchas otras recomendaciones. Le dio tantas recomendaciones que la cabeza le empezó a dar vueltas porque ella trató de memorizar todas.

Cuando Víctor la veía, por más lejos que estuviera gritaba - picuro mama, picuro mama - y todos reían. Pronto olvidaron que se llamaba María Luisa y todos le decían picuro mamá.

Victor tenia 6 años y era su guía en los paseos diurnos, conocía a toda la gente de la aldea y estaba tan desesperado de aprender español como ella de mejorar su matsiguenga. Por las tardes iba a las casas con un cuaderno de anotaciones a hacer preguntas incómodas, pero la gente allí estaba por encima de los prejuicios y la vergüenza y le respondían hasta lo más extraño. Las conversaciones eran largas y siempre terminaba escuchando historias de como la gente se salvaba de picaduras de serpientes, de ataques de fieras, picaduras de alacranes, y algunas historias de otros que no lo lograban.

María Luisa se había dado cuenta que todas las casas tenían las puertas y ventanas abiertas durante el día, pero había una casa ubicada estratégicamente en medio de la aldea que siempre estaba cerrada. Varias veces preguntó quien vivía allí, pero nadie parecía entender la pregunta, porque nunca era respondida, nisiquiera le daban excusa, todos asumían que la pregunta no había sido hecha. Al principio pensó que tal vez estaba vacía, pero a ciertas horas veía humo salir de las ventanas. Una tarde cuando regresaban a casa de Víctor, la curiosidad pudo más que ella y se acercó a la casa. Pero Víctor la detuvo de un gritito - No entres, allí está el pishtaco, te puede comer -. La tomó de la mano y la arrastró con todas sus fuerzas lejos del lugar.

Ella le dijo que el Pishtaco no existía, pues ella pensaba que no existía, que era un cuento, pero él le dijo que todos los cuentos eran reales, y todos los seres buenos y malos de los cuentos existían. Su abuelo los había visto a todos, ahora estaba curando al pishtaco que estaba enfermo. Ella no entendía nada, porque ya había pasado un mes y ni el abuelo, tampoco el pishtaco habían sido nombrados durante ese tiempo. Y si el pishtaco era malo, por qué lo estaban curando. Seguía sin entender nada, y decidió averiguar las cosas por su cuenta, sabía que Víctor no iba a permitirle entrar y que nadie más permitiría hacerlo, y decidió descubrir las cosas en secreto.

Con las semanas había desfigurado completamente su vestimenta de recién llegada, ahora tenia varios collares colgados al cuello, pulseras y aretes, hechas con semillas oscuras y algunas de colores. Algunas veces vestía sandalias y unas faldas que las nativas le regalaban cuando iba de visita a sus casas, recibía todo con una sonrisota y las vestía seguido para demostrar lo interesada que estaba en todos y todo. Además, que a su tradicional estilo hippie, los aditamentos nativos le daban estilo extra.

La picuro mama, había hecho del lugar su hogar en poco tiempo, pero la curiosidad de saber si en realidad en esa casa estaba “el pishtaco” estaba trastocándole los pensamientos. Un día, un mal día de mayo, logró escapar de la compañía de Víctor, que siempre andaba pegado como lapa, lo distrajo con unas hormigas, le explicó el complicado sistema que siguen las hormigas para conseguir alimentos, y mientras Víctor se distraía persiguiendo una hormiga para ver si de verdad iría a un pequeño cultivo de hongos y que no se iba a comer las hojas que cargaba, logró escapar. No tuvo que forzar la puerta donde descansaba el pishtaco, pues los Koribeni todavía desconocían la protección a la privacidad y la propiedad privada. Estaba allí, dormido en medio de lo que podría ser la sala o área de sacrificios de la casa. Todo el lugar era una especie de santuario, la casa de un brujo tal vez, pero en sus anotaciones no había visto la existencia de brujos; chamanes sí, pero no tenia mucho tiempo para meditar al respecto. Descansaba sobre una cama, irónico ella descansaba en una hamaca, y el dolor de hombros al amanecer era insoportable. Sobre una cama estaba, el pishtaco, pero no parecía el pishtaco, aunque tampoco sabía a que se parecía un pishtaco. Tenia una piel escamosa, color verde olivo, otros pedazos color verde petróleo, tenia pelo en la cabeza, rizos negros bastantes descuidados. ¿Quizá debería ir al salón de belleza? pensó ella. María Luisa estaba en un alucine total, cuando escuchó pasos. Como era pequeña se ocultó tras un librero en la esquina de la habitación.

Entro el jefe del pueblo con un hombre que no había visto antes en la aldea. Juntos quitaron “las escamas” que cubrían al pishtaco, lo lavaron y le pusieron escamas nuevas. pero en realidad no eran escamas, el pishtaco tampoco era un monstruo. Era un hombre, y todo aquello verde que traía encima eran emplastos de hierbas. El hombre desconocido le dijo al jefe del pueblo - los emplastos le quitarán el dolor, pero que no debemos dejarlo dormido por más tiempo, sino perderá la movilidad del cuerpo. La enfermedad del cuerpo puede curarse con hierbas; la enfermedad de la cabeza, tiene que curarla él mismo. Nos tiene que decir como hizo el conjuro, para tratar de deshacerlo, él es muy peligroso cuando se molesta, puede acabar con todo el pueblo, estaba escuchando las noticias en la radio y parece que ha estado haciendo maldad desde bien lejos de aquí, pero él me dijo que no recordaba nada de eso cuando lo traje. Tenemos que ponerlo en trance para curarlo. Tal vez dándole de beber ayahuasca podemos hacerle recordar, y así curarlo. Me tomarán nueve días juntar las hierbas, ese día lo despertaremos. Recuerda moverle las piernas y los brazos todos los días. - Los hombres dejaron al pishtaco dormido y se fueron. María Luisa aprovecho para escabullirse fuera y seguir alucinando.

Al noveno día regresó el hombre, que debía ser un brujo o un santo. Pero, en realidad era un maestro de las plantas, un nativo shipibo, amigo de los Koribeni que había encontrado al pishtaco en las orillas del Urubamba un día que buscaba lianas de ayahuasca y otras yerbas para sus preparados. Junto al pishtaco estaban dos manaties llorando casi desconsoladamente, los manaties le contaron al maestro de las plantas que el pishtaco los había ayudado a escapar de unas redes que dejaron unos chinos que andaban buscando afrodisíacos. Pero al terminar de moverlos de las redes se había desmayado, y ellos lo llevaron a la orilla y estaban rezándole a la madre ayahuasca que alguien llegara pronto. El maestro de las plantas fue a buscar al jefe de los Koribeni para que lo ayude a mover al Pishtaco con cuidado, tal vez tenia algún hueso roto y no quería terminar de lastimarlo. Lo llevaron hasta la casa del antiguo maestro de hierbas de los Koribeni, sabían que siempre estaba cerrada y que todos respetaban el lugar así que nadie haría preguntas.

Al noveno día regresó el hombre, con dos calabazas llenas de ayahuasca y otras yerbas, listo para despertar al pishtaco. María Luisa se había acomodado tras el librero como la última vez. Hicieron hervir unas hierbas que hedían terriblemente, acercaron la olla con las hierbas a las narices del pishtaco y este abrió los ojos. Miró hacia todos lados tratando de ubicarse en el tiempo y en el espacio, no lo logró. Preguntó ¿cómo, cuándo y dónde?. Le contaron, cómo y dónde (párrafo anterior), cuándo : hacia 2 meses. Le informaron sobre su salud, tenía una contractura en la cadera, que le habían puesto emplastos de “Mocco mocco” para la inflamación, pero tenia que caminar y moverse para terminar de curarse. Sin embargo, no podía dejarlo salir de la casa porque él era muy peligroso, el pishtaco era malvado y tenía que dejar de ser pishtaco. Le preguntaron como es que había hecho el conjuro para convertirse en el pishtaco, para ponerse tan agresivo y matando a gente por doquier. Él no tenía la mas mínima idea de lo que pasaba. Las cosas serían más difíciles.

El maestro de las plantas le dijo que le daría de beber ayahuasca, aprovecharían ahora que no se podía mover y no haría daño a nadie, pero necesitaban su colaboración. El Gecko estaba algo confundido, tanto porque lo estaban acusando de asesino en serie y mucho más porque le irritaba que le digan pishtaco. Me llamó Roberto decía cada vez que le decían pishtaco o se referían a él como le pishtaco o simplemente mencionaban la palabra pishtaco y lo miraban de reojo. Así que empezaron a llamarlo “ingeniero”, para no molestarlo, debían mantenerlo calmado. Le dieron de beber el ayahuasca, ellos también tomaron otro poco, estaba sentados en triángulo, tratando de ver el pasado y el futuro, pero era más difícil porque los recuerdos del pishtaco estaban muy ocultos, estaban más allá del subconciente. Empezaron a ver sombras de colores, figuras de colores, oyeron los cantos de cuna de la abuela del Gecko que él cantaba durante su taller de curanderismo, que había ido mezclando con pedazos de conjuros, más la ira que tenia por haber sido abandonado en la selva había hecho un hechizo poderoso que él no conocía, que no podía controlar. Vieron a la madre ayahuasca, con una figura indescriptiblemente hermosa, abrió la boca y su hermosa voz los dejó hipnotizados, la madre ayahuasca al darse cuenta de esto, adoptó una voz más mortal y les dijo que el pishtaco se curaría con el corazón de un picuro. Luego su figura se desvaneció en medio de un remolino de colores.

Al terminar la ceremonia, el Gecko, el maestro de las plantas y el curaca de los Koriben tomaron todos los litros de agua que encontraron en la aldea. Se quedaron dormidos en el piso de la casa. Mientras todo esto pasaba María Luisa estaba aburrida, con las piernas entumecidas y aguantando el dolor de un calambre en la pierna por la mala posición. Solo escuchaba al Gecko decir, el corazón de un picuro, el corazón de un picuro me va sanar, un picuro me va sanar. Fue de rodillas hacia la puerta, cuando recordó el librero tras el cual se ocultaba, habían muchos libros antiguos, cogió uno y no era un libro, era un cuaderno empastado bastante antiguo, escrito a mano, un diario de campo, buscó en las primeras hojas y cuando leyó el nombre José Pío Aza dio un chillido que ahogó con sus manos, para que no despierten los tres hombres que estaban en el piso. Cogió varios cuadernos y los fue hojeando, pero la luz era insuficiente y no pudo entender mucho, necesitaba ver esos cuadernos de día.

En la madrugada se levantó el maestro de plantas, y lo primero que recordó fue el corazón del picuro. La información era importante pero imprecisa, deberían utilizar el corazón en una ceremonia, comerlo a la plancha con finas hierbas, hacer un collar, utilizar la hierba llamada corazón de picuro, probar todas las anteriores. Discutió los detalles con el curaca y con el Gecko, hasta que llegaron al común acuerdo de que deberían ofrecer el corazón de un picuro a la madre ayahuasca. Para que el sacrificio sea más llevadero, tendría que él mismo atrapar el picuro, era una tarea fácil, pero no lo era considerando que el Gecko no se había movido en dos meses y tenía una contractura en la cadera. El curaca al salir miró hacia el librero, vio algunos libros movidos, y se recordó que tenía que cambiar el sílica gel para conservarlos, no conocía el contenido de esos libros, pero sabía que en algún momento servirían a la comunidad. Cuando su abuelo era curaca, le había dicho que siempre cuidara de esos libros, que en algún momento los necesitarían.

María Luisa estaba demasiado intrigada con los libros, así que fue donde el curaca y le dijo que sabía todo sobre “el pishtaco”. Que ella había trabajado en una clínica de terapia física y podía ayudarlo a volver a caminar. Pero, que lo haría a cambio que le dejen revisar los libros que habían en el librero de la casa donde descansaba el pishtaco. Fue clara y directa, sabía que le tenían miedo al pishtaco y que al mismo tiempo le debían el haber salvado a los manaties que eran animales muy queridos por ellos, jugó todas sus cartas, y el curaca terminó aceptando. María Luisa iba a hacerle masajes y ayudarle a hacer algunos ejercicios a Gecko tres veces por semana. Los otros cuatro días de la semana, se la pasaba leyendo las anotaciones de Fray José Pío. Trataba de mantenerse al margen de los negocios del Gecko, pero a este le gustaba hablar mucho y terminó contándole su vida, sus muestreos, sus viajes, de sus amigos y demás aventuras. Trató de seducirla mientras ella le hacia los masajes, pero ella siempre tenía la mente en los escritos de Fray José Pío, y no lo escuchaba.

Pasó el tiempo, hasta que el Gecko logró caminar por su propia cuenta, pudo sostener su peso, y salía a caminar por los alrededores para no asustar a los niños de la aldea, que creían que él era el pishtaco y las historias del pishtaco eran tan aterradoras en la comunidad que prefería andar con cuidado. Un día vio un picuro, trató de atraparlo, pero no pudo, sus piernas todavía no estaban fuertes, necesitaría más tiempo. Regresó a la cabaña donde se quedaba y encontró a María Luisa, le contó lo que había pasado, que estuvo persiguiendo un picuro, que sus piernas todavía estaban débiles y necesitaba más terapia. Luego se dio cuenta que junto a María Luisa estaba un niño, con un cuaderno a rayas, haciendo círculos a lo largo y ancho de la página, lo miraba con los ojos tan abiertos y tan grandes que parecía se iban a caer. Hasta que logró articular unas palabras - picuro mama, tengo mucho miedo - y salió corriendo a tropel.

El Gecko empezó a reírse, - de verdad pareces un picuro, eres tan pequeña -, tienes que explicarle a ese chato que no soy malo. - Picuro mama, realmente pareces un cuy, pero más un picuro -. Palideció entonces, la madre ayahuasca se estaba refiriendo al corazón de un picuro, debía ser a María Luisa a quien se refería, pero tomar su corazón después de lo mucho que lo había ayudado. La confusión empezó a atormentarlo, ya no permitía que María Luisa se le acercara, le prohibió volver a su casa, le dijo que se llevara los libros, que regresara a Lima, pero ella no pensaba hacerle caso, el curaca le había dicho que no podía llevarse nada, nada debería salir de esa habitación, y ella pretendía cumplir con su palabra.

Fue una noche, que el Gecko iba de paseo que se cruzó con una rana rosa, sabía que no debía tocarla, pero la tocó. El pishtaco regresó, fue a buscar a María Luisa, le dijo que había encontrado unos mapas de las comunidades nativas tal cual estaban en 1929, que los mapas se veían muy precisos, como tenía una linterna en la mano, María Luisa pensó que podría leerlos y que no habría peligro, tal vez el Gecko había reconsiderado sus actos y no intentaría echarla del pueblo nuevamente. Llegaron a la casa, y le dio un libro, mientras hojeaba en busca de los mapas, el Gecko le acercó una olla con hierbas y ella quedó completamente dormida. Con una sonrisa tenebrosa dijo - te atrapé picuro, solo falta el corazón -. Bebió un par de tragos de ayahuasca, para poder ver a la madre ayahuasca y hacer el sacrificio más apropiadamente. Esta vez vio demonios en su alucinación, que intentaban escapar, en medio de ellos se abrió paso la madre ayahuasca, el pishtaco sabía que ese era el momento, tenia a María Luisa al frente echada sobre la cama completamente inmóvil. Tomó el machete que estaba junto a la puerta y cuando estaba preparado para sacarle el corazón, la madre ayahuasca habló -¡detente!, tienes razón, ella es el picuro a quien me refería, pero lo del corazón, no lo tomes tan literal. El pishtaco fue revivido por la ira que tenias dentro, tienes que desaparecerlo con amor, pero tienes que ganártelo, a eso me refería con el corazón del picuro-

A la mañana siguiente al despertar, el Gecko regresó a María Luisa a la casa de Víctor, la puso sobre la hamaca, luego regresó con la cacerola con las hierbas para despertarla, y se fue de puntitas para que ella no se de cuenta. Al despertar y recobrar el conocimiento, ella no sabía si lo que había pasado la noche anterior era un sueño o era verdad, pero todo era tan confuso que se convenció que era solo un sueño. El Gecko aprovechó su falta de costumbre por dormir para encontrar lo que María Luisa buscaba con tanta ansiedad en las anotaciones de Fray José Pío, hasta que finalmente lo encontró. Encontró detalladamente el sistema social de los Koribeni y tribus aledañas, con explicaciones, gráficas y demás detalles necesarios para sustentar una tesis. Fue a buscar al curaca y a otras personas mayores para constatar la información, después fue a buscar a María Luisa para decirle lo que había encontrado.

Ella estaba jugando con los niños a la ronda de San Miguel, los niños le decían picuro mama en lugar de María Luisa y las nativas que pasaban cerca la saludaban igual. La llamó: “picuro mama”, ella se le acercó. Le dio las anotaciones que hizo y los libros con las páginas marcadas en donde había encontrado la información que ella buscaba. Ella no pudo contener la felicidad y lo abrazo fuertemente, convencida de que ese no sería el primer ni el último abrazo que le daba. Con las pruebas del sistema social de los Koribeni fue como el pishtaco obtuvo el corazón de picuro mama, con sus rizos bien definidos y sus encantos. Desde ese día, intercambian información, se han asociado para hacer estudios de impacto ambiental, el Gecko tiene el corazón de ” Picuro mama” y viceversa. La madre ayahuasca tenía razón, el corazón del picuro curaría al Gecko.

Pérdidas

Saturday, January 23rd, 2010

Fue un martes dificil, nisiquiera me despedí de ella al salir de casa, la vi a medio día pero estaba tan recargada con mis tareas y una exposición que se me olvidó que tenía que pedirle algo y me fui a la universidad. Mi exposición se suspendió y campante fui a contarle, a pasar algunas horas con ella como suelo hacer cada noche, pero no respondía, pensé que era un berrinche por descuidarla, pero estaba inconciente, me asusté y traté de reanimarla dándole unos golpecitos en el rostro, diciéndole palabras cariñosas, no la pude despertar, no logré hacer nada, pero yo sabía que solo estaba dormida, que iba a despertar.

La tomé en mi brazos y fuimos a sala de emergencias, el doctor hizo todo lo que pudo, pero no pudo reanimarla, dijo que las posibilidades de volverla a su estado normal eran muy pocas, hice mis propias revisiones en internet, buscando soluciones, necias soluciones. Fue tan terrible, doloroso, habíamos estado tanto tiempo juntas, en tantas aventuras, tantos momentos, trabajos, trasnochadas, me ayudaba con las tareas, le contaba mis penas y ella escuchaba paciente, conocía mis mas íntimos secretos, sin divulgar uno solo, gracias a ella no me sentía sola, podía estar jugando con ella durante horas y ella no se quejaba, me acompañó cada momento durante tantos, tantos años.

Lloré, sí lloré, la pérdida fue demasiado dura, nadie parecía comprender mi dolor, finalmente el viernes en la noche tuve que tomar una decisión, desconectarla, meterla en una caja y que descanse, que pase a mejor vida.

Es difícil creer que uno pueda tomarle tanto cariño a un objeto, realmente lloré mucho y nadie comprendía porque lloraba, finalmente una laptop es reemplazable, la información recuperable, el disco formateable, y lloré más al saber que ya era hora de cambiarla, buscar una nueva. Tres días sin mi laptop, sin internet, quejándome a medio mundo fue un infierno, el escenario perfecto para dejarme llevar por el drama que rodea al mundo. Pero fue así, 6 años son muchos para una laptop, ella estuvo todo el tiempo conmigo, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, fueron buenos tiempos.

Es el fin de una era. Mi laptop pasó a mejor vida, se fue sin sufrir, pero dejó mucho dolor detrás de su partida.

Snif, snif.

divagaciones

Monday, January 11th, 2010

Cierra los ojos, cierralos bien, no dejes que la luz se filtre por las pestañas, no dejes que el brillo que atravieza tus párpados te distraiga.

Respira despacio, con mucho cuidado, no dejes que el aire te invada los pulmones, que asfixie tu sentido. Respira depacio, huele, analiza cada olor, cada escencia, cada milímetro cuadrado de aire. Discrimina los olores, fíltralos, filtra los ambientadores, los olores de velas, las colonias y perfumes exagerados.

Llega a tus fosas nasales un suave sabor a chocolate, vainilla, café, licor dulce de café, suave, los sabores te marean, te atontan, te transportan. Tus ojos siguen cerrados, el olor mezclado de café y vainilla se aproxima peligrosamente al cerebro, sientes mariposas en el estómago, tu tercer ojo siente la cercanía de otro cuerpo, sientes que todo tu cuerpo se tensa, te pones nerviosa, el café, la vainilla, el licor de café se acercan cada vez más. Finalmente, sientes unos labios fríos sobre los tuyos, te besan delicadamente y desaparecen.

Suspiras de tristeza y felicidad. No estás en el “café con piernas”, no tiene un frapuccino en una copa de chocolate al frente, sabes que esos labios con hipotermia no están al frente, sabes que no te han besado, no están cerca, nada cerca. Terminas maldiciendo al café con vainilla francesa que esta atormentando tus sentidos, que te obligó a revivir aquel momento antes de la canción de Bersuit Vergarabat.

Pero, no puedes pasar la oportunidad de escribirlo.